Idealismo de aula (con margen de error)



 Club de los poetas muertos (1989)


Creo que me gustaría encontrarme con un aula plural y expresiva. Un espacio con ruido, con matices, con vida. Un lugar donde cada persona pueda hablar sin miedo, equivocarse sin vergüenza y emocionarse sin pensar que eso le resta seriedad. Quiero un aula donde yo también aprenda, donde no todo esté bajo control, donde las cosas pasen y nos pasen. Porque si nada se mueve, algo está muerto, y no quiero dar clase en un sitio muerto.

No quiero dar clase desde la distancia ni desde la autoridad, sino desde la complicidad. Me interesa más que comprendan lo que leen que que lo memoricen, más que se hagan preguntas a que me den respuestas correctas (que para eso ya está ChatGPT, y encima contesta más rápido). Quiero que hablen, que discutan, que se rían. Que la literatura les sirva para mirar su mundo, para reconocer sus propias rabias, sus amores, sus injusticias. Que entiendan que leer también es una forma de posicionarse, aunque sea solo para decidir de qué lado no quieren estar.

Mi primera experiencia docente no fue idílica, ni mucho menos. Con dieciocho años recién cumplidos me vi dando inglés en cuarto de primaria, en un colegio privado. Apenas recuerdo los detalles (primero de carrera fue una hecatombe), pero sí recuerdo a las madres pidiéndome atención personalizada para su “pobre bebé”, ese que tenía unos tíos en Washington con los que no conseguía hablar en inglés. Ni ellos estaban cómodos ni yo estaba en mi sitio. Y sinceramente, si me hubieran hecho un test vocacional en ese momento, habría salido: “huye”.

Soy una persona idealista, lo llevo por bandera y tatuado en la frente. Es una cualidad que compartimos quienes vivimos la política demasiado a pecho: las que nos tomamos en serio cosas que el resto del mundo parece haber dejado de mirar. Las que soñamos porque a veces es la única forma de no gritar. Por eso creo que enseñar también es un acto político: porque tiene que ver con lo que eliges cuidar, con lo que decides mirar y con cómo tratas a quien tienes delante.

El año pasado fui voluntaria en prisión y conseguí que un grupo de internos, la mayoría rondando los cincuenta, leyera Orgullo y prejuicio. La primera vez que lo propuse, uno dijo: “Como si no tuviéramos nada mejor que hacer”. Y, sinceramente, tenía razón. Pero lo leyeron. Lo leyeron de verdad. Dadas las circunstancias, eso fue casi un milagro literario. Desde entonces, cada vez que alguien me dice que sus alumnos “no leen”, pienso: si unos presos se tragaron a Austen, tú también puedes.

Eso quiero en mis clases: respeto, escucha, libertad. Quiero que mis alumnos se sientan acompañados, no analizados con lupa. Que se atrevan a decir que un libro les parece soporífero (sin miedo a que se note en la nota), pero también que otro les ha hecho quedarse despiertos toda la noche porque no soportan estar lejos de su protagonista. Que entiendan que la literatura no está en los libros, sino en ellos, en cómo miran el mundo. Y que sepan que leer también es una forma de resistencia, aunque sea contra el aburrimiento.


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